Esta Carta Magna reconoce diversos tipos de
libertades públicas de acuerdo con la clasificación que hace el Profr.
Español Pedro Farias, enfatizando que es la primera en pretender
conciliar la libertad con la igualdad reconociendo los derechos
sociales. Así, en su texto original podemos encontrar libertades que
van desde las “límite”, las libertades de “resistencia” y las
libertades de “participación”. Se consagran, por ejemplo, el derecho a
la libre expresión, la educación, la cultura y las creencias
religiosas; la protección para la clase obrera en el artículo 123; las
limitaciones a la propiedad privada para evitar la formación de
monopolios Art, 28) y el fraccionamiento de los latifundios para
impulsar el desarrollo de la pequeña propiedad agrícola alrededor de
nuevos centros de población; el sufragio efectivo para todos los
mexicanos mayores de 18 años; el juicio de amparo, etc.
Algunos
juristas mexicanos han calificado esta Constitución como “política y
social” puesto que se garantizan “o controlan constitucionalmente no
solo los derechos del hombre individuo, sino también del hombre social
y de los grupos humanos como el sindicato, la asociación campesina, las
cooperativas, etc., que encuentran expresión jurídica en los artículos
123, 27 y 28 de la Ley Fundamental” (Trueba Urbina, 126; 1954).
“En
su sentido más amplio -enseña Adolfo Posada- la política social abarca
toda la acción del Estado encaminada a aliviar y mejorar la situación y
condiciones económicas, jurídicas, sociales, de pobres y débiles;
mejor, de todos, entrañando una constante rectificación de las
consecuencias injustas y fatales del régimen de la libre concurrencia o
de la lucha por la existencia(...) En su sentido más estricto, tal
política social consiste en la intervención del Estado en las
reclamaciones y exigencias de las clases obreras y la cual se
desenvuelve en el sentido de procurar la transformación jurídica de las
relaciones de trabajo y la elevación de las condiciones de los obreros”
(Trueba, 80; 1954).
Estas
declaraciones de principios, en lo que toca a los medios de
comunicación -cine, impresos y posteriormente los llamados medios
electrónicos como la radio y la televisión- tomaron carne y precisión
en leyes y reglamentos promulgadas en diversas épocas, tales como: a)
la ley de imprenta, en 1917, b) la ley de vías generales de
comunicación en 1940, c) la ley federal de cinematografía de 1949 y la
Ley federal de radio y televisión en 1960. Más recientemente se
aprobaron las leyes de Telecomunicaciones (1992) y el Reglamento para
estaciones de cable (1995).
Ley de Imprenta.
Firmada
el 12 de abril de 1917 por el propio jefe del ejército
constitucionalista, esta ley se declara transitoria en tanto se
reglamenten los artículos 5 y 6 en la materia y está compuesta por 36
artículos destinados, en su totalidad, a restringir y penalizar
diversos tipos de violaciones a la intimidad, la moral pública y la
seguridad nacional. En el primer orden, se tipifica lo que se entiende
por “expresión maliciosa” a los comunicados hechos “verbalmente o por
señales en presencia de una o más personas, o por medio de manuscrito,
o de la imprenta, del dibujo, litografía, fotografía o de cualquier
otra manera que expuesta o circulando en público, o transmitida por
correo, telégrafo, teléfono, radiotelegrafía o por mensajes, o de
cualquier otro modo, exponga a una persona al odio, desprecio o
ridículo, o pueda causarle demérito o en su reputación o en sus
intereses”.
En el segundo caso, se
trata de contenidos a través de los cuales “se defiendan o disculpen,
aconsejen o propaguen públicamente los vicios, faltas o delitos, o se
haga la apología de ellos o de sus autores” independientemente de los
medios que se utilicen, incluyendo cantos, representaciones,
fotografías, etc.
El tercer ámbito
de censura corresponde a los intereses del estado e incluye, según el
artículo 3, ”toda manifestación o exposición maliciosa hecha
públicamente por medio de discursos, gritos, cantos, amenazas,
manuscritos, o de la imprenta, dibujo, litografía, fotografía,
cinematógrafo, grabado o de cualquier otra manera, que tenga por objeto
desprestigiar, ridiculizar o destruir las instituciones fundamentales
del país; o con los que se injuria a la Nación Mexicana, o a las
Entidades Políticas que la forman”. En otros incisos del mismo artículo
quedan tipificadas otras acciones como la provocación a la
desobediencia al ejército o a las autoridades, la publicación de
noticias falsas o adulteradas capaces de perturbar la paz y la
tranquilidad, así como la propagación de hechos prohibidos por la ley a
causa del interés público.
El
artículo 9, por su parte, es una colección de prohibiciones de
publicación referidas a procesos judiciales, a jurados y dictámenes que
provengan de los jueces de los tribunales de la nación. También se
obliga a los propietarios de imprentas a su registro ante las
autoridades municipales a que corresponda y las responsabilidades, casi
siempre penales, y sanciones de editores, propietarios, escritores,
voceadores, en caso de violaciones a la presente ley. Se establece la
necesidad de querellarse contra el autor de las injurias sobre las
bases siguientes: ”Si la ofensa es a la Nación, o a alguna Entidad
federativa, al Presidente de la República, al Congreso de la Unión o
alguna de sus Cámaras, a la Suprema Corte de Justicia, al Ejército,
Armada o Guardia Nacional o a las instituciones dependientes de aquél o
éstas, la querella será presentada por el Ministerio Público, con
excitativa del Gobierno o sin ella. Si la injuria es a cualquier otro
funcionario, el Ministerio Público presentará también la querella,
previa excitativa del ofendido. Si la ofensa es a una Nación amiga, a
su gobierno o a sus representantes acreditados en el País, el
Ministerio
Público procederá también a formular la queja previa excitativa del Gobierno mexicano.
Finalmente
se consagra el derecho de réplica, independientemente de los temas de
que se trate y con un tratamiento informativo equitativo.
Llama
la atención el hecho de que esta ley tiene un carácter negativo
respecto del artículo 7 constitucional que afirma: “ninguna ley ni
autoridad puede establecer la previa censura, ni exigir fianzas a los
autores o impresores, ni coartar la libertad de imprenta, que no tiene
más límites que el respeto a la vida privada, a la moral y a la paz
pública”. Es decir, dedica su cuerpo completo a reglamentar lo que se
entiende por estos límites, dejando a los tribunales la cualificación
de los delitos y asignación de sanciones correspondientes, siguiendo de
algún modo, la tradición norteamericana que confiaba en el poder
judicial, como freno del gobierno en cuanto a la acotación de tales
libertades.
La promulgación de
esta ley es consecuencia de un tiempo de efervescencia política que
inicia con el siglo, y que va desde los últimos tiempos de represión
porfirista a la prensa hasta la apertura radical propiciada durante el
gobierno de Francisco I. Madero que da la ilusión de un vacío. ¿Quién
ordenará la nación, una vez depuesto el Gral Díaz? La organización de
ciudadanos a través del Partido Nacional Democrático, el respeto del
nuevo gobernante a la soberanía popular y a la división de poderes, no
fueron capaces de desmantelar el sistema tiránico y menos su influencia
a través de los medios de comunicación que dedicaron sus esfuerzos a
ridiculizar al Presidente. Un hermano suyo, Gustavo Madero declaró: los
diarios muerden la mano que les quitó el bozal. Quienes osaron defender
al gobernante, como “Nueva Era” fueron incendiados por el aspirante a
dictador Victoriano Huerta.
Una
vez conjurada la revuelta de Huerta y el triunfo del General Venustiano
Carranza al mando de un ejército conocido como constitucionalista, a
diferencia del movimiento obrero de Flores Magón o del agrarista de
Zapata y Villa, se convocó a la nueva constitución y a la promulgación
de la ley que nos ocupa. Detrás vemos la tesis de la dualidad
institucional que, al mismo tiempo que reconoce el principio de la
libertad de expresión, le pone limites muy precisos a través de leyes
secundarias, de modo que se protejan los intereses del gobierno en
turno bajo el cobijo de la seguridad nacional. El propio Carranza
asimiló el fracaso de Madero en materia de medios y promovió “El
Constitucionalista”, del mismo modo como financió revistas,
publicaciones y una campaña fuerte de su propia imagen a través de la
fotografía. “Los viajes de rectificación” se hicieron comunes,
convocando a periodistas, editores, escritores, fotógrafos, etc. a que
acudieran a sitios de acción gubernamental para que dieran cuenta
directa de lo que ocurría. En cambio, apoyaba articulistas
desfavorables a la imagen de Villa y Zapata, a quienes nunca dejó de
describir como bandoleros.
La apertura de libertades de participación y su administración corporativa
Entre
1917 y 1934, fecha en que asume la presidencia de la República el
General Lázaro Cárdenas, el país vivió una época marcada por la sangre
revolucionaria y también por el nacimiento de instituciones políticas
que facilitarían el impulso del llamado programa de la revolución
mexicana y la experimentación de prácticas pacíficas para resolver las
disputas por el poder. Con las muertes de los generales Zapata y Villa
desaparece la presión para imponer un proyecto nacional agrarista que
se ha dado en llamar “la revolución interrumpida” por escritores como
Gustavo Gilly; y con la de Carranza en 1920, se recrudecen las batallas
para la disputa por el poder presidencial desde diversos puntos de la
nación y con muy diversos caudillos militares. Los Generales Obregón,
Pablo González, Calles, De la Huerta, Serrano, se suceden y contraponen
atacando y defendiendo las principales demandas sociales y políticas,
cuando no organizan revueltas reaccionarias como las De la Huerta. En
1928, la lucha facciosa concluyó con la muerte de los tres candidatos
revolucionarios: Arnulfo Gómez, fusilado y los generales Serrano y
Obregón, asesinados.
Uno de los
mecanismos, frecuentemente convocado, para frenar la inestabilidad
entre los caudillos y las fracciones entre los propios liberales, era
la convocatoria para formar una alianza de partidos políticos y
organizaciones que, por medio de una convención, eligiera al candidato
de la unidad para la presidencia del país. El ejercicio, fue propuesto
por Madero en el Partido Antireeleccionista, por Carranza con el
Partido Liberal Constitucionalista, por Plutarco Elías Calles a través
del Partido Nacional Revolucionario en 1929.
Esta
última experiencia logra aglutinar fuerzas tan disímbolas como podrían
ser los socialistas radicales, los anarcosindicalistas, los caudillos
militares, los liberales civilistas, los agraristas, cuyos intereses
habían sido traducidos ya en la propia constitución del 17, bajo un
programa amplio que era el de la constitución y/o el de la revolución.
Algunos autores niegan la existencia de este programa
ideológico-político, puesto que la función básica del PNR era el de
muro de contención de tales fuerzas en conflicto, asumirlas en los
terrenos políticos y no militares evitando ríos de sangre y el
desgajamiento de los grupos gobernantes y el país. Otros, señalan que
lo que tenía claro era su orientación: nacionalista, populista de masas
y el compromiso de elevar las condiciones sociales, económicas,
culturales y políticas de la población menos favorecida como los
campesinos y los obreros.
El
sistema político mexicano de este siglo había nacido. Garantizaba la
libertad de expresión y de participación de todos los grupos sociales y
sus líderes, frecuentemente enfrentados por su posición en los procesos
productivos, siempre y cuando fueran ejercidas dentro del PNR, mismo
que daría cauce a tales demandas a través de su simbiótica relación con
el gobierno, del mismo modo que permitiría la formación, movilidad de
sus cuadros políticos y legitimación electoral de las posiciones. El
Partido fue de la revolución y el gobierno de la constitución.
El
gobierno de Lázaro Cárdenas dio paso a una nueva etapa en la
consolidación de los principios revolucionarios. Realizó un vigoroso
programa nacionalista de expropiación petrolera, de reparto agrario a
través del ejido otorgado a los campesinos e indígenas, de promoción
educativa y promulgación de leyes progresistas. Como él mismo declaró
el 1 de diciembre de 1940, “me esforcé por servir a mi país y con mayor
empeño al pueblo necesitado. Cancelé muchos privilegios y distribuí en
buena parte la riqueza que estaba en pocas manos”
La
situación de la prensa durante este período combina momentos de
libertad y de coacción. Proliferaron las publicaciones de carácter
ideológico-político argumentando sobre los sucesos nacionales e
internacionales, promoviendo la discusión política dentro de la nación
y llevando hasta los grupos étnicos y marginados la propuesta del
presidente sobre la cuestión agraria y la educación socialista. La
propaganda de gobierno se complementa con el fortalecimiento del
periódico del partido “El Nacional” y eventualmente se respetan las
publicaciones que, incluso, llegan a ridiculizar al Presidente, como el
caso de “Rotofoto” de José Pagés Llergo, quien publica fotografías
chuscas de Cárdenas y su gabinete.
En
ningún caso, se utilizaron los recursos judiciales que la ley de
imprenta señalaba, sino que los mecanismos de control y de represión se
fueron diversificando y dependiendo más de la práctica política.
“Rotofoto”, por ejemplo, resistió presiones periodísticas de las
publicaciones de las agrupaciones obreras y en los momentos más
críticos fue atacada por los propios trabajadores, miembros de la CTM,
y quemada como resultado de la propia indignación popular cardenista.
Por otro lado, Cárdenas crea PIPSA, la Productora e Importadora del
papel, sociedad anónima, que era el monopolio del estado para la compra
y distribución de papel periódico en el país, pudiendo fijar sus
precios de manera autónoma y preferencial a las publicaciones. El
servicio, de gran utilidad para el desarrollo de las empresas
periodísticas, puesto que vendía a tasas preferenciales y subsidiadas,
sería también un mecanismo efectivo de control en los sexenios
posteriores.
La radiodifusión y la
telegrafía inician ya transmisiones, de modo que el propio Presidente
“dispuso la instalación de un hilo telegráfico directo para que el
pueblo presentara sus quejas al ejecutivo”(Krauze, 91; 1987) y se abren
diversas emisoras de servicio público y de agitación política como
Radio Educación, la XEFO del PNR, Radio Universidad Nacional Autónoma
de México, etc. En términos legislativos, el Gobierno de Lázaro
Cárdenas decreta la Ley de Vías Generales de Comunicación, donde se
establece la jurisdicción federal para los asuntos de “líneas
conductoras eléctricas y el medio en que se propagan las ondas
electromagnéticas”, así como las figuras concesión o permiso. El papel
del estado en tal actividad es el de garante para la prestación de
servicios de utilidad pública; límite para la participación del capital
extranjero y controles para evitar el uso de las vías por parte de los
gobiernos enemigos. Dictada el 19 de febrero de 1940, está
especializada en las vías carreteras y empresas de transporte
consideradas como un servicio público, aunque incluye artículos
relacionados con la radiocomunicación, siendo la primera vez que se
plantea el carácter patrimonial del estado en materia del espacio aéreo
y electromagnético, concediendo permiso a los particulares para el uso
de canales radioeléctricos.
Pese a
la existencia de emisoras institucionales con objetivos claros de
promoción política, cultural o social y directamente relacionadas con
universidades, Secretarías de Estado o partidos políticos, la ley
cardenista no repara en el poder educativo, cultural o comercial del
medio, sino únicamente en las prioridades políticas de la coyuntura
nacionalista amenazada desde el exterior por los capitales de la
industria o el petróleo. No deja de sorprender este vacío legislativo y
programático que excluye a la radiodifusión del gran proyecto
modernizador de la revolución mexicana que tenía importantes impulsos a
través de la educación, las políticas culturales nacionalistas, el
movimiento artístico y hasta el cine de la época de oro. “La radio
nunca se definió oficialmente en términos de algún compromiso social o
educativo. Los radiodifusores privados quedaron libres para implementar
y desarrollar su adaptación al modelo norteamericano de radiodifusión”
(Ruiz, 1984: 22).
La
administración de Cárdenas supuso otro momento importante para la
transformación del sistema político mexicano a través de las reformas
que impone al partido revolucionario que, en adelante se llamará
Partido de la Revolución Mexicana, PRM. Sobre la base de “que los
obreros se organicen de acuerdo con su matiz de pensamiento, de acuerdo
con sus intereses profesionales, y que igual cosa haga el empresario
industrial y el poseedor de la tierra: la lucha económica y social ya
no será entonces la diaria e inútil batalla del individuo contra el
individuo, sino la contienda corporativa de la cual ha de surgir la
justicia y el mejoramiento para todos los hombres”, se promueve la
formación de organizaciones sociales para la defensa de los
trabajadores (CTM), de los campesinos (CNC y CCM) y su inclusión dentro
del partido, de modo que este se convierta en el partido del pueblo de
México. Es decir que no sería ya el partido de los caudillos y sus
asociaciones, sino que el pueblo organizado, las bases sociales, los
sectores revolucionarios de México, como dice el pacto constitutivo del
PRM, serían los que darían forma al nuevo partido.
“Al
renunciar el ejecutivo -dice en su discurso del 18 de diciembre de
1937- a las facultades extraordinarias y al señalar la nueva
organización que debe darse al Partido Político de la Revolución, fue
precisamente para que el pueblo pueda hacer uso de su derecho cívico,
interviniendo en los asuntos de interés nacional y en la designación de
los hombres que habrán de servir los puestos de elección popular. La
Revolución quiere que México se gobierne por la democracia, pero esta
no podrá perfeccionarse mientras el pueblo no este organizado para
ejercerla”.
Ciertamente que tales
agrupaciones jugaron un papel importante para la defensa de los
intereses de clase y hasta se llegó a decir que del mismo modo como
Porfirio Díaz había defendido desde el gobierno los intereses de la
clase burguesa, ahora se defenderían los intereses de los oprimidos. No
obstante, su inclusión dentro de un partido político, el único que
representaba la legitimidad revolucionaria, formaba una gigantesca
corporación de coptación y control que ligaban las fuerzas en conflicto
a un aparato del estado que los había organizado y, en consecuencia,
los podía limitar de acuerdo con las grandes tendencias y metas
nacionales. El estímulo a la participación y la defensa de los
intereses de las clases dominadas, tuvo tensiones paradójicas y
controladas, que podían ir desde la inclusión moderada en el diseño de
políticas nacionales hasta la exclusión completa.”Los mexicanos
-escribe Arnaldo Córdoba- fueron incapaces de percibir el gigantesco
proceso de corporativización que el cardenismo estaba llevando a
término” (Krauze, 147; 1987).
Mientras
que Lázaro Cárdenas propició la organización del pueblo y su simbiótica
relación con el aparato gubernamental, los presidentes posteriores
usufructuaron las posibilidades corporativas y de control para
favorecer el desarrollo capitalista y la modernización de las
estructuras económicas. ¿Se estaba preparando ya el tránsito del modelo
liberal de desarrollo moral hacia el otro de equilibro del que habla el
Profr. Español Pedro Farias García? ¿Las prácticas relacionadas con las
libertades informativas se desarrollaban a caballo entre un sistema de
exclusión de las masas -paradójico si recordamos la historia de
participación que está detrás de la organización del PRM- y otro más
abierto de persuasión de las masas?
El péndulo de las libertades I
(Más pa allá que pa acá)
La
formación sociopolítica que se observa tiene elementos en
contradicción. Por un lado, la vitalidad de los procesos
revolucionarios amplía libertades y las posibilidades de igualdad de
oportunidades para los sectores más desprotegidos, lo mismo que genera
nuevas formas de organización, participación y defensa de intereses de
clase, sobre la base de que el estado reconoce la existencia de la
lucha de clases e intenta corregir sus injusticias a través de una
economía mixta. Por otro lado, los mecanismos que -muchas veces fueron
alentados por el propio Presidente Cárdenas como cuando encabeza una
huelga obrera en Monterrey- se utilizan para coptar, coordinar los
descontentos y canalizarlos de modo que se establezcan “las nuevas
reglas del juego entre los factores de la producción” sirven para
consolidar al Estado Cardenista como protagonista de la vida social.
Sus formas organizativas serían utilizadas muy pronto para frenar las
demandas sociales, corromper líderes y permitir una mayor acumulación
capitalista. De ahí la razón pendular del sistema mexicano que unas
veces parece decididamente conservador y a veces decididamente liberal.
En
cuanto al modelo de comunicación también hay mestizajes. Partiendo de
una base constitucional con pretensiones libertarias, leyes
particulares restrictivas y una enérgica defensa de la cultura
nacionalista, el ejercicio de las libertades informativas se somete
generalmente a la práctica política de manera flexible puesto que no se
aplican sistemáticamente acciones de represión y sí se crean organismos
indirectos de dependencia como PIPSA. El régimen de Cárdenas desarrolla
también de modo paralelo políticas comunicacionales de intensa
propaganda que desean concientizar, educar al estilo socialista y
impulsar a la acción a grandes grupos dominados, con técnicas similares
a las utilizadas en la Unión Soviética: propaganda, conciencia,
agitación social.
Aunque algunos
rasgos apuntan al modelo que el Prof. Farias llama de exclusión de
masas (la concentración del poder, una constitución más o menos
“semántica”, ideología nacionalista que “no pretende, tanto el dominio
socioeconómico o espiritual como en los totalitarismos, cuanto el
control físico del poder en beneficio del orden autocrático”, etc)
otros no coinciden, puesto que en México y, en esta época, la
subordinación de los medios al Estado no era completa y no estaba
eliminada la crítica al poder político y menos existía una censura
política absoluta. Tampoco el modelo apunta al de la “conducción de las
masas, aunque haya rasgos de organización y propaganda similares a los
utilizados en los países socialistas. ¿ Cómo puede tipificarse entonces
este modelo comunicacional?(Farias, 28; 1988)
Si
los regímenes revolucionarios aseguran estar en un modelo mixto, con
cierto peso patrimonial del estado en áreas estratégicas, la limitación
de la propiedad privada según el interés nacional y el carácter de
árbitro entre las fuerzas de producción, es lógico que su modelo
comunicacional tenga características complejas. No obstante,
considerando que el protagonismo del estado cardenista no tenía la
función de llevar al país del capitalismo al socialismo, por muy
radical que pareciera en ocasiones, y tampoco era de las dictaduras
caudillescas americanas, pensamos que el modelo es el de persuasión de
las masas (pretensión de libertad, control flexible y cambio
escrutable). En los años próximos, bordará, desde nuestro punto de
vista, los límites entre este modelo y el de exclusión de las masas,
dadas las múltiples formas de control indirecto que se van acumulando
en diversos sexenios priístas y el fortalecimiento de un partido que se
ha llamado de Estado.
El 18 de
enero de 1946, se inicia la segunda gran convención del PRM,
convirtiéndose en Partido Revolucionario Institucional y abriéndose a
la participación, no solamente de los sectores campesinos y obreros,
sino también a las organizaciones populares urbanas(CNOP) y empresarios
de manera individual puesto que no existen agrupaciones de esa
orientación formalmente inscritas al partido. El acuerdo fue promover
la candidatura del Lic. Miguel Alemán Velazco, bajo el lema “Democracia
y Justicia Social”, quien toma protesta como presidente el 20 de enero
de 1946.
La administración se
caracterizó por modernizar las estructuras económicas del país,
promoviendo la inversión extranjera y desarrollando un programa de
obras públicas, caminos, obras de riego y ampliando los servicios del
Instituto Mexicano del Seguro Social.Durante su gestión se promulgó la
primera ley sobre la industria cinematográfica en 1949.
En
general, dicha ley declara a la industria cinematográfica de interés
público y la pone bajo la jurisdicción de la Secretaría de Gobernación
“a efecto de lograr su elevación moral, artística y económica, con
atribuciones tanto de fomento como de control, pues la fracción IX del
artículo segundo establece que son sus funciones “conceder autorización
para exhibir públicamente películas cinematográficas en la República,
ya sean producidas en el país o en el extranjero (...)(cuidando, que
no) infrinjan el artículo 6 y demás disposiciones de la Constitución
General de la República” y también censuras películas nacionales”cuya
exhibición en el extranjero se considere inconveniente por el tema y
desarrollo de las mismas, aún cuando hayan sido autorizadas para
exhibirse en territorio nacional” (fracciónX, párrafo segundo del
artículo citado). También se establecen cuotas de pantalla para la
producción nacional que en ningún caso será menor al 50% del tiempo de
cada pantalla.
Durante más de 2
años, la aplicación de estos controles quedó al arbitrio de la
Secretaría de Gobernación, sin que existan criterios claros para tomas
las decisiones. En 1951 se votó la ley reglamentaria que señala los
mecanismos para el registro de películas y los criterios para la
supervisión cinematográfica. Sus límites, como en el caso de la ley de
imprenta de 1917 se agrupan considerando: a) ataques a la vida privada,
b) ataques a la moral y d) cuando se provoque algún delito, se haga
apología de los vicios o se altere la paz y el orden públicos. Llaman
la atención lo que se considera como ataques a la moral: “cuando se
ofenda al pudor, a la decencia o a las buenas costumbres o se excite a
la prostitución o a la práctica de actos licenciosos o impúdicos,
teniéndose como tales todos aquellos que, en el concepto público, estén
calificados como contrarios al pudor (artículo 71) y una de las
fracciones correspondientes al artículo 73 sobre ataques al orden
público: “cuando se contenga noticias falsas o adulteradas sobre
acontecimientos de actualidad capaces de perturbar la paz o la
tranquilidad en la República o alguna parte de ella, o de causar el
alza o baja de precios de las mercancías o de lastimar el crédito de la
Nación o del algún Estado o municipio o de los bancos legalmente
constituidos” (fracción VI).
La
censura llega hasta las películas personales y sin revelar tomadas por
turistas o investigadores, cuya exportación puede suspenderse cuando
así lo exija el interés nacional.
Independientemente
de la similitud que existe entre estos criterios y los que se
establecen en la ley de imprenta de 1917 y su sanción judicial, lo
cierto es que los mecanismos reales y efectivos de censura y control
muy poco estuvieron relacionados con la aplicación de estas leyes y
reglamentos. Antes bien, se diseñaron a lo largo de varios sexenios -y
de modo acumulativo- medidas indirectas de coptación. Por ejemplo,
durante el gobierno de Miguel Alemán toda la prensa se benefició de la
publicidad gubernamental, lo que hizo un periodismo de grandes y
prósperos empresarios. Se multiplicaban las giras gubernamentales - al
modo Carrancista- en los que participaban ejércitos de reporteros,
fotógrafos mal pagados que recibían “chayotes” o pagas extras por parte
del gobierno. Si sumamos, además, los significativos ahorros que
derivaban del precio subsidiado del papel controlado a través de PIPSA,
entonces era claro que la prensa estaba vendida al gobernante en turno.
Quienes se salían del esquema, como el caso de la revista “Presente” de
Jorge Piño Sandoval, que denunciaba sistemáticamente los actos de
corrupción voraz que había dentro de la administración alemanista,
fueron presionados y amenazados de manera directa. El Presidente Alemán
creó el día de la libertad de prensa para agradecer el apoyo de sus
amigos periodistas, refrendando cínicamente la subordinación al
gobierno.
En lo que se refiere a
las transmisiones radiofónicas y televisivas, siguió vigente una ley-
la de vías de comunicación- que decía nada o muy poco sobre el tema
hasta 1960, fecha en la que se promulgó la Ley Federal de Radio y
Televisión . Sus primeros artículos confirman la
visión patrimonial del estado, señalando que la nación tiene el dominio
directo de su espacios territorial y del medio en que se propagan ondas
hertzianas, siendo este dominio inalienable e imprescriptible, aunque
su uso pueda concesionarse a particulares con fines de interés público.
Las funciones sociales de la industria radiofónica, quedan definidas en
el artículo 5: “ La radio y la televisión, tienen la función social de
contribuir al fortalecimiento de la integración nacional y el
mejoramiento de las formas de convivencia humana. Al efecto, a través
de sus transmisiones, procurarán:
- I. Afirmar el respeto a los principios de la moral social, la dignidad humana y los vínculos familiares;
- II. Evitar influencias nocivas o perturbadoras al desarrollo armónico de la niñez y la juventud;
- III.
Contribuir a elevar el nivel cultural del pueblo y a conservar las
características nacionales, las costumbres del país y sus tradiciones,
la propiedad del idioma y a exaltar los valores de la nacionalidad
mexicana.
- IV. Fortalecer las convicciones democráticas, la unidad nacional y la amistad y cooperación internacionales.
Para
fomentar y vigilar el cumplimiento de tales funciones, el ejecutivo
federal tomó diversas medidas, en esta ley y posteriormente en sus
reglamentos y adiciones, a fin de hacerse de “tiempos oficiales” para
la transmisión de programas de”divulgación con fines de orientación
social, cultural y cívica” y otorgó a la Secretaría de Gobernación las
atribuciones de control de transmisiones cuidando que sus contenidos no
ataquen a la intimidad, la moral y el orden públicos, al mismo tiempo
que encomendaba a otras secretarías como las de educación pública y de
salubridad y asistencia reglamentos relacionados con sus misiones.
Aunque
en el artículo 58 del Capítulo III “sobre la programación” se afirma
que no existen limitaciones a la libertad de expresión, ni censura
previa y menos inquisiciones judiciales y administrativas, numerosos
artículos de este mismo apartado se encaminan a orientar las parrillas
programáticas de las emisoras. Estas orientaciones, las podemos
clasificar en: a) técnicas, b) de servicio social, c) educativas,
especialmente dirigidos a la niñez, d)comerciales y e) políticas.
Algunas, comprometen las señales “al aire” a estrechar relaciones con
el aparato gubernamental y otras, de plano, tienen un alto componente
de censura. Las primeras, otorgan al estado tiempos definidos para la
difusión de mensajes de servicio social y tiempos variables según sea
necesario a juicio de la Secretaría de Gobernación para la conformación
de una Red Nacional de Comunicación. Las segundas, prohíben
abiertamente “las transmisiones que causen la corrupción del lenguaje y
las contrarias a las buenas costumbres, (...) todo aquello que sea
denigrante u ofensivo para el culto cívico de los héroes y para las
creencias religiosas, o discriminatorio de las razas (Art, 63) y “las
noticias, mensajes o propaganda de cualquier clase, que sean contrarios
a la seguridad del estado y del orden público” (Art, 64). Tampoco se
salvan los locutores extranjeros ni los programas editados y producidos
en otros países.
Una de las
preocupaciones fundamentales de los defensores de la utopía
comunicativa es la garantía no solamente de libertad de expresión, sino
también de imparcialidad en la asignación de permisos, concesiones o
licencias de transmisión, de modo que la estructura de la propiedad de
medios amplíe las capacidades de comunicación de los más diversos
grupos sociales y no se concentren en alguno en especial. Esta
preocupación estuvo presente en el legislador pues admite la existencia
tanto de emisoras comerciales como de educación y servicio público y no
somete a licitación -no en esta ley- la asignación de frecuencias, sino
que solicita garantías de eficiencia comunicativa a las posibles
empresas solicitantes y fianzas que, incluso, son devolutorias al final
de los procesos. Las concesiones se otorgan solo a empresarios
mexicanos hasta por un tiempo límite de 30 años y son prorrogables o
revocables según se haya cumplido con la ley y las funciones sociales
de la radiodifusión. Algunas causas de revocación son de naturaleza
técnica y política, entre los que sobresalen el apoyo a enemigos en
caso de guerra y el cambio de nacionalidad mexicana de sus
usufructuarios. La dependencia encargada de ejecutar las decisiones es
la Secretaría de Comunicaciones y Transportes a sugerencia de la
Secretaría de Gobernación.
El péndulo de las libertades II
(más pa acá que pa allá)
Desde
la fundación del PRI durante el gobierno de Miguel Alemán, los
presidentes sucesivos como Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos,
Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y
Miguel de La Madrid, fueron los usufructuarios de lo que ha dado en
llamarse el autoritarismo institucional: la construcción política del
país a través de un partido hegemónico que utiliza sus fuerzas
organizadas como mecanismo de legitimación del poder y las políticas
públicas, ensayando el movimiento pendular del que hablábamos; algunas
veces liberando las organizaciones obreras, otras reprimiendo
movimientos independientes para favorecer el desarrollo del capital,
como en el caso de Ruiz Cortines que terminó reprimiendo a los maestros
con todo lujo de violencia. Después, López Mateos terminó reprimiendo a
los ferrocarrileros con todavía mayor lujo de violencia. Lo mismo
harían Díaz Ordaz y Echeverría en su momento.
El
juego de cerrar-abrir libertades permitió décadas de estabilidad que
permitieron la transformación del México rural hacia otro de carácter
urbano e industrial y la acumulación capitalista reconocida como “el
milagro mexicano”. No obstante, nuevas condiciones sociales preparaban
fracturas y amplificaciones en las libertades políticas que el régimen
no siempre supo sortear sin derramamiento de sangre. A finales de la
década de los 60, el sistema político empieza a vivir los síntomas de
la rebelión dadas las siguientes circunstancias: a)antidemocracia
interna priísta y procesos electorales empañados por la evidencia del
fraude, b) presiones sociales desde la derecha y desde la izquierda
para ampliar el sistema de partidos, c) acumulación de prácticas de
autodestrucción entre los miembros de la clase política, puesto que el
presidente entrante debe fincar su poder casi omnímodo sacando de la
esfera política a su antecesor, ocasionando desconfianzas y recelos
posteriores, d) ensanchamiento de la clase media y exigencia de mayor
participación, e) formaciones independientes en los gremios sindicales
como los ferrocarrileros, telefonistas, frecuentemente vinculados con
la izquierda mexicana, f) descontento en sectores populares al
descender los niveles adquisitivos y devaluación de la moneda mexicana,
g) influencia ideológica de la revolución cubana tanto para los
sectores de la izquierda tradicional, como para los herederos de la
época Cardenista, h) una generación universitaria de clase media con
influencias del 68 francés y el cuestionamiento a las estructuras del
poder, I) diferentes movimientos tanto de guerrilla urbana como rural y
j) represión a luchadores sociales, estudiantiles y obreros.
Las
condiciones de los medios para estas fechas eran de mayores
posibilidades de control por parte del estado. La prensa tenía tras de
sí algunos años experimentando las relaciones clientelares con PIPSA,
con los publicistas oficiales, con las prácticas de subsidios directos
a periodistas, etc. Los medios electrónicos por su lado, tenían
obligaciones sobre la transmisión de contenidos oficiales en cadena
nacional, boletines y la espada de Damocles de las revisiones poco
transparentes sobre las concesiones. Es decir, los mecanismos de
coacción informativa, algunos con la ley y otras sin ella, estaban
bastante bien pulidos y experimentados.
La
matanza estudiantil de Tlaltelolco de 1968 perpetrada a fines de la
administración del Presidente Díaz Ordaz fue la ocasión para mostrar
los niveles de control que se tenían sobre los medios de comunicación.
Se cerraron publicaciones inconvenientes o críticos al régimen como la
revista “Política”; se ejerció una presión directa, física contra
periodistas independientes, en particular al periódico Excélsior
dirigido por Julio Scherer García por publicar información no
proveniente de los boletines oficiales sobre la represión estudiantil;
los caricaturistas como Abel Quezada que se atrevió a publicar un
cuadro negro con la pregunta ¿Porqué? sintieron el miedo y la presión
militar muy cerca de sus personas y familias. Lo mismo ocurrió con
revistas y publicaciones que manejaron independencia editorial como “El
día” y ¿Porqué? Los intelectuales mexicanos, Octavio Paz, Carlos
Fuentes, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, y en general los
universitarios del país rompieron relaciones con la presidencia de la
república y le hicieron objeto de críticas duras y fundadas.
Sin
válvulas de escape, las clases medias estaban fracturando los
acotamientos del autoritarismo institucional. Sus resultados, muy
diferentes del caudillismo revolucionario o los liderazgos militares,
se habían traducido “en un amplio margen para reducir el nivel de
represión y abrir espacios de expresión y participación sin serio
peligro para la estabilidad del régimen(...) (y eso permitiría) al
régimen presentarse como más genuinamente democrático que uno directo,
por lo que la brecha entre práctica autoritaria y formalidad
democrática queda más fácilmente encubierta”. Pero el encubrimiento
había llegado a su final. (Crespo, 33; 1988)
El
siguiente período presidencial, el de Luis Echeverría Álvarez, necesitó
restaurar la esperanza mediante su discurso nacionalista
revolucionario, su llamado a apoyar al tercer mundo, su divisa de
apertura democrática y su «arriba y adelante». Pero lo más importante
fue su denuncia en el sentido de que el modelo económico de «desarrollo
estabilizador» había reconcentrado la riqueza del país entre unas
cuantas familias y que su gobierno impondría el modelo de «desarrollo
compartido» que beneficiaría a las mayorías. “La educación fue la más
beneficiada por las luchas de 1968. Echeverría multiplicó el
presupuesto y creó gran cantidad de escuelas: el Colegio de Ciencias y
Humanidades, la Universidad Autónoma Metropolitana, el Colegio de
Bachilleres, las Unidades de Estudios Superiores, las Telesecundarias,
etc. Los discursos de LEA sonaron y asustaron mucho a los empresarios;
con ello pretendió frenar cientos de huelgas obreras, movilizaciones
estudiantiles y campesinas, pero sobre todo, a la guerrilla urbana que
encabezó la Liga 23 de Septiembre y la guerrilla rural de Genaro
Vázquez y de Lucio Cabañas en el estado de Guerrero” (Echeverría, 1999)
La
pretensión democratizadora, nacionalista y de “izquierda” de Echeverría
se tradujo en acciones importantes en el terreno legislativo, político
y de acción gubernamental. En cuanto al primer asunto, reglamentó la
aplicación de la Ley Federal de Radio y Televisión acotando sus
lineamientos de modo que fuera más operativa insistiendo en el papel
del estado como rector de las comunicaciones y retomando la experiencia
crítica que se había hecho desde América Latina y el tercer mundo
contra los monopolios de la información transnacional. Dicho
reglamento, votado el 8 de marzo de 1973, establece en sus clausulas
declaratorias “que el presente ordenamiento reglamenta, en lo que se
refiere a la Ley Federal de Radio y Televisión, sólo las atribuciones
que dicha ley concede a la Secretaria de Gobernación; desarrolla en
primer término, para los fines de su regulación, los postulados legales
que establecen que la radio y la televisión deben constituir vehículos
de integración nacional y enaltecimiento de la vida en común orientando
estos medios preferentemente a la ampliación de la educación popular
mediante el fortalecimiento de las funciones informativas, de
recreación y de fundamento económico”. Las principales acciones
reglamentadas son: a) las modalidades, usos y tiempos del tiempo
oficial del gobierno, b) sistemas de clasificación de contenidos por
televisión y cine, c) los equilibrios entre programación y publicidad,
d) restricciones a la publicidad de bebidas alcohólicas, e) se obliga a
las emisoras a informar semanalmente de su programación al Consejo
Nacional de Radio y Televisión para verificar el cumplimiento de sus
obligaciones en torno de la cultura, f) autorizaciones de pantalla para
películas nacionales o extranjeras, con base en “que no sean
denigrantes para México”. Se especifica también lo que se entiende por
las principales prohibiciones que aparecen en la Ley Federal de Radio y
Televisión que hemos comentado en páginas anteriores.
El
artículo 36 del reglamento declara que “Queda prohibido a los
concesionarios, permisionarios, locutores, cronistas, comentaristas,
artistas, anunciantes, agencias de publicidad, publicistas y demás
personas que participen en la preparación o realización de programas y
propaganda comercial por radio y televisión lo siguiente:
- I. Efectuar transmisiones contrarias a la seguridad del Estado, a la integridad nacional, a la paz o al orden públicos;
- II.
Todo aquello que sea denigrante u ofensivo para el culto de los héroes
o para las creencias religiosas, así como lo que, directa o
indirectamente discrimine cualesquiera razas;
- III. Hacer apología de la violencia del crimen o vicios;
- IV.
Realizar transmisiones que causen la corrupción del lenguaje y las
contrarias a las buenas costumbres, ya sea mediante palabras, actitudes
o imágenes obscenas, frases o escenas de doble sentido, sonidos
ofensivos, gestos y actitudes insultantes, así como recursos de baja
comicidad;
- V. La emisión de textos de anuncios o propaganda comercial que requiriendo la previa autorización oficial, no cuenten con ella;
- VI.
Alterar substancialmente los textos de boletines, informaciones o
programas que se proporcionen a las estaciones para su transmisión con
carácter oficial;
- VII. Presentar escenas,
imágenes o sonidos que induzcan al alcoholismo, tabaquismo, uso de
estupefacientes o de sustancias psicotrópicas.
- VIII. Transmitir informaciones que causen alarma pánico en el público. “
Y en el artículo 37 “se considera que se hace apología de la violencia, el crimen o los vicios en los siguientes casos:
- I.
Cuando se excite al desorden, se aconseje o se incite al robo, al
crimen, a la destrucción de bienes o se justifique la comisión de los
delitos o a sus autores;
- II. Cuando se defiendan, disculpen o aconsejen los vicios;
-
- III.
Cuando se enseñe o muestre la forma de realizar delitos o practicar
vicios, sin demostrar durante la transmisión las consecuencias sociales
adversas de esos hechos.”
Y
en lo que corresponde a la corrupción del lenguaje, el artículo 38
declara que “se considera que se corrompe el lenguaje en los siguientes
casos:
- I. Cuando las palabras utilizadas por origen o por su uso no sean admitidas dentro del consenso general como apropiadas; y
- II. Cuando se deformen las frases o palabras, o se utilicen vocablos extranjeros. “
Finalmente,
se consideran contrarias a las buenas costumbres: (Artículo 39) I.- El
tratamiento de temas que estimulen las ideas o prácticas contrarias a
la moral, a la integridad del hogar, se ofenda al pudor, a la decencia
o excite a la prostitución o a la práctica de actos licenciosos; y II.-
La justificación de las relaciones sexuales ilícitas o promiscuas y el
tratamiento no científico de problemas sociales tales como la
drogadicción o el alcoholismo. Esta reglamentación se sitúa dentro de
los grandes proyectos latinoamericanos de elaboración de políticas
integrales de la comunicación, que se entienden como un conjunto
explícito de normas que guía de manera coherente y duradera las
acciones de las instituciones de comunicación de un estado con miras a
aumentar su capacidad de conducir o coadyuvar al desarrollo social,
junto con las esferas de la educación y la cultura; no se pretende
subvertir el orden privado; no se busca limitar las libertades sino
asegurar flujos equilibrados de información; no es estatizar, sino
completar los sistemas de comunicación con medios públicos al servicio
de fines educativos y culturales; no es la socialización sino la
democratización de los sistemas y procesos de comunicación y su uso
racional. Intentan, pues, corregir el surgimiento espontáneo y sin
coherencia de los medios tradicionales, así como revalorar los
contenidos y formatos de comunicación (noticieros, telenovelas,
comedias, etc.) para incorporarlos a un plan coherente y sistemático
para “engrandecer al hombre latinoamericano, para hacerlo más
consciente de la realidad en que vive, para hacer al marginado más
capaz para enfrentar a sus problemas, más inteligentes y culta la
sociedad para dejar el ignominioso rostro del subdesarrollo” (Schenkel,
1981: 25).
En su Segundo Informe
de Gobierno, el 1 de septiembre de 1972, el presidente Echeverría dijo:
“En semanas recientes, se intensificó el debate en torno a la radio y
televisión. Es manifiesta la preocupación por fortalecer los derechos
de la sociedad mexicana sobre esos medios y garantizar el correcto
cumplimiento de las funciones que tiene asignadas”.
La
intervención defensora de los intereses de la sociedad se da en los
terrenos de la reglamentación de la Ley Federal de Radio y Televisión;
con la propiedad y manejo de televisoras públicas como el Canal 13 de
cobertura nacional y la TRM, de influencia principalmente en zonas
rurales donde el sistema comercial no era rentable ni eficaz y en el
notable apoyo otorgado a las radios universitarias. En sus inicios, el
modelo mexicano declara que sus fines son ajenos al mercado
publicitario y los intereses económicos situando su rentabilidad en el
terreno social, buscando una programación nacionalista, respetuosa de
las libertades públicas y del individuo, equilibrada y defensora del
desarrollo autónomo del país, así como promotora de valores sociales y
una mayor responsabilidad de la esfera pública.
Como
parte de esta intención moralizadora del régimen de medios que no se
sujetan libremente a las acciones del mercado, Luis Echeverría fomenta
la apertura de radios universitarias, la producción cinematográfica
nacional, sobre todo con temas desmitificadores del autoritarismo de
tiempos anteriores y el control programático de los medios electrónicos
comerciales, lo que le genera graves encuentros con los concesionarios
que lo acusan de amordazar a los medios y estatizarlos.
En
lo que se refiere a la prensa, Echeverría juega de nuevo a la tensión
libertad-coacción informativa. Por un lado, promete a Julio Scherer,
director de Excélsior que las cosas cambiarían y que se respetaría la
libertad de expresión, como en los tiempos de Madero. Excélsior abre
sus puertas a editorialistas e intelectuales como Daniel Cosío
Villegas, Octavio Paz, Vicente Leñero, García Cantú que, en muchos
casos, escribieron agudos comentarios en torno de las políticas del
presidente. Este contexto, al mismo tiempo que la preocupación de
algunos empresarios en torno dela orientación que estaba teniendo la
prensa, provoca que el propio presidente les aconseje limitar o
eliminar su publicidad de los medios críticos, como una medida para
frenar la escalada crítica. En contraparte, el presidente apoyaría a
periódicos, como Excélsior, con la propaganda estatal de modo “ que la
misma acción gubernamental pudiera resguardar la libertad de expresión”
y estableciendo las relaciones clientelares necesarias para su discreto
control. Incluso, se convierte en principal defensor de las políticas
del presidente en lo que se refiere a sus conflictos con los
concesionarios de la radio y la televisión.
Una
vez concluido el régimen de Luis Echeverría, en medio de fuertes
presiones de la iniciativa privada que le asignaba el rol de gobernante
izquierdista y estatizante, de sombras del ocaso petrolero y del
fracaso de las políticas regulatorias de medios, como lo demuestra el
hecho de que en este sexenio se completó la organización monopólica de
Televisa -quizá como respuesta a la competencia estatal- la televisión
pública en manos de López Portillo careció de plan estratégico. Más de
7 directores en el trayecto muestran el descontrol conceptual y
estratégico del Canal televisivo, así como frecuentes cambios en la
definición del servicio público que van desde la subordinación a los
índices de audiencia y al autofinanciamiento vía comercialización
publicitaria con los consecuentes ajustes en la barra programática,
hasta las reminiscencias de su fundación o las simpatías por las
alianzas entrañables con el propio sistema comercial. Y todo, en medio
de una gestión administrativa plagada de autoritarismo, nepotismo,
corrupción y pérdidas económicas.
Miguel
de la Madrid, en un intento de corregir el rumbo, crea IMEVISION e
IMER, organismos descentralizados encargados de elaborar las políticas
de regionalización de la televisión y la radio, promoviéndose los
sistemas estatales de comunicación de acuerdo con la visión de
gobernadores de los estados. El experimento no dura mucho tiempo ya que
el siguiente sexenio del presidente modernizador Carlos Salinas
privatiza IMEVISION y rompe la estructura central del servicio público
mexicano, quedando en la actualidad supervivencias de diferente
modalidad, entre los que destacan los canales 11 y 22 del IPN y CNCA
respectivamente, así como los sistemas estatales (radio y televisión) y
la red de emisoras universitarias, sin que haya consenso sobre la
naturaleza de sus funciones.
“El
proyecto de la televisión estatal, dice Antonio Zarur, se perdió en la
antinomia que nunca superó y que se encuentra en el origen mismo de su
ulterior desaparición: la televisión estatal debía subsistir con fondos
públicos para no hacer depender su orientación de los ingresos
derivados de la publicidad y todo lo que ello supone, incluida la
competencia con la televisión privada o bien desarrollar una
alternativa basada en los elementos del modelo comercial, con una
programación sujeta a las audiencias y ajustada a las necesidades de
los publicistas, de tal suerte que fuera autosuficiente y no dependiera
así del presupuesto federal” (Zarur, 1997).
La fractura pendular.
Después
de la inestabilidad política de fines de los años sesenta, el sistema
político mexicano realizó diversas reformas políticas que intentaban
fijar nuevas reglas del juego: a) apertura a más partidos políticos, b)
representación proporcional en la cámara de diputados, c) legalización
del partido comunista, d) determinación de las prerrogativas de los
partidos políticos para la defensa de sus intereses, e) el derecho a la
información de López Portillo encaminada a garantizar espacios y puntos
de vista de partidos políticos a través de los medios y, en especial,
de la televisión, f) modernización del PRI, etc. Con acciones como
estas se intentaba modernizar el sistema político mexicano. Sin
embargo, las nuevas reglas fueron pequeñas en comparación con el
desarrollo de la sociedad y los retos que en términos económicos
tendría el país en la década siguiente.
Los
finales de la década de los años ochenta presentaban un escenario
complicado en diferentes terrenos tanto por la insuficiencia de las
reformas políticas al interior del país, como las nuevas condiciones
internacionales que prefiguraban ya los movimientos que representarían
las nuevas tecnologías, la transnacionalización de las economías y las
posibilidades de la globalización. Así, la transición política del
Presidente Miguel de La Madrid muestra rupturas y procesos de cambio:
a) la reconformación de las elites gobernantes - primero los caudillos,
luego la sucesión de los civiles y, finalmente el desarrollo de
administradores tecnócratas, formados en Universidades norteamericanas
con poca formación política, a diferencia de los políticos
tradicionales, y mucha capacidad administrativa [1] ,
b) la crisis del sistema corporativo priísta que evidenciaba ya la
ilegitimidad y corrupción de los líderes sindicales, políticos,
sectoriales, convertidos en auténticos caciques frente de sus bases
-cada vez más desobedientes y participativos- como los casos de
Jongitud Barrios en el sindicato más grande de América Latina, el de
los profesores y Joaquín Hernández, líder del poderoso sindicato de la
industria petrolera mexicana, c) la creciente vulnerabilidad de la
economía mexicana, subsidiada, cerrada y protegida con pocas
capacidades de productividad y competencia internacional, d) déficit
fiscal del estado propiciado, en parte por la sistemática corrupción de
los diferentes gobernantes y el pesado compromiso de pago de la deuda
externa, f) problemas macroeconómicos como devaluaciones cíclicas,
inflación y desgaste del “pacto del estado revolucionario” con las
clases más desprotegidas.
Pese a
los esfuerzos de “renovación moral” que desarrolla el primer presidente
tecnocrático del país, el Lic. Miguel de la Madrid Hurtado y las
diversas reformas políticas, 1988 es quizás señalado como el parteaguas
de la historia contemporánea mexicana. Ese año, se celebraron los
comicios más cuestionados en la historia del país, tanto por la
parcialización del comportamiento de los medios en favor del candidato
del PRI, el Lic. Carlos Salinas de Gortari, como por el avance de otras
organizaciones políticas como el PAN y el FDN, cuyo candidado, el Lic
Cuauhtémoc Cárdenas aglutinó importantes fuerzas descontentas por la
crisis económica y política. Además, se cimbró el aparato gubernamental
de organización electoral, puesto que nunca fue posible demostrar
fehacientemente, con las actas de escrutinio, el triunfo de algún
candidato y se resguardaron celosamente bajo el amparo de seguridad del
estado. Por otro lado, la calificación automática del proceso hecho por
la cámara de diputados convertida en Colegio Electoral, fue un proceso
complejo que nos acercó a una crisis constitucional, puesto que la
nueva correlación de fuerzas era contraria al PRI y la oposición en
bloque exigía nuevas condiciones de funcionamiento.
Este
momento fue vivido por los mexicanos con intenso sentido cívico y
amenazante en lo que se refiere al pacto social y las instituciones
políticas, necesarias para contener los intereses encontrados. Algunas
de las preguntas y propuestas para resolver el problema de la
transición política llegaron a cimbrar las bases constitucionales del
país: ¿Cuáles eran las características del partido que había gobernado
el país durante más de cuatro décadas?¿Era posible instaurar un régimen
parlamentario contra el presidencialismo?¿Cuál era el papel de los
medios de comunicación en una democracia moderna?
Intelectuales
como Octavio Paz, Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, coincidieron
en afirmar que México había vivido un régimen de partido único que
llegaba a su fin. Los mexicanos, en un sólo día, “acotaron al
presidencialismo quitándole el dominio del Poder Legislativo,
instauraron un régimen electoral competitivo en sustitución del de
partido dominante y dijeron no al costo de la modernización elegida por
el actual gobierno. Pidieron también menos futuro y más pasado”, aunque
en relación con la posición del FDN que llamaba usurpador a Carlos
Salinas, se mantuvieron muy cuidadosos y estimulando un equilibrio.
(Camín; La Jornada, 16-08-88, p11)
Otras
opiniones, fundamentalmente de la izquierda, como las de Gustavo Gilly,
Pablo Gómez y Carlos Monsivaís, argumentaban en contra de esta
conceptualización, asegurando que se trataba de un Partido de Estado:
“No hay ni hubo en México, estrictamente hablando, un partido único
(...) Todo partido único es por ley partido de Estado, y se confunde
con él. Así sucede en la Unión Soviética o en Cuba: la ley establece un
régimen de partido único. Pero no todo partido de Estado es partido
único: puede coexistir legalmente con partidos vasallos a los cuales no
les está permitido aspirar al gobierno sino tan solo a la
colaboración(...) (Gilly, La jornada, 22-08-88, p. 12) Además,
completaba Pablo Gómez, un diputado de izquierda, ex militante del PC,
PSUM y PMS aliado al FDN que postulo a Cárdenas, “el poder del Estado y
su partido se conciben definidos por sí mismos. No son parte de una
república de ciudadanos, sino la superestructura política de la
sociedad sin el concurso de ésta. De allí proviene la ideología de que
el poder es inaccesible” (La Jornada, 7 -09-88, p. 5).
Una
de las instituciones que se ve seriamente afectada, es el
presidencialismo omnipresente. Monsivaís, escribía en esos días que “en
el tránsito pacífico a la democracia, el presidencialismo es escollo
central, y el presidencialismo no es sólo la concentración unipersonal
de las decisiones que le corresponden a un gobierno, a un partido y a
una sociedad, sino su complemento directo: la atmósfera de falsa y
verdadera religiosidad, donde la crítica y la exigencia de diálogo son
a tal punto herejías, que es benévolo considerarlas “rupturas del orden
institucional” (La Jornada, 5-08 p.9) En, consecuencia, algunas
corrientes de izquierda proponían la construcción de una “República
Parlamentaria” que, no obstante aglutinó de manera inmediata críticos
de diferente signo, como Sánchez Rebolledo o Ruiz Massieu. Este último,
destacado miembro del PRI y a la postre una de las víctimas mortales de
la recomposición y luchas internas durante el sexenio de Salinas,
defendía”: En México es un desatino enfrentar el régimen parlamentario
al presidencial, pues éste es una institución histórica -fraguada por
la evolución constitucional- y aquél es sólo una ilusión doctrinal sin
cimiento. Ninguno de los dos regímenes es de suyo legítimo” (La
Jornada, 30-08-88, p.5).
La
circulación de argumentos y contraargumentos se multiplicó en los
medios impresos, destacando la pluralidad editorial del periódico “La
Jornada” en cuyas paginas escribieron la totalidad de los autores
señalados, más una veintena de plumas de alto nivel vinculados con los
diferentes partidos políticos que se habían disputado la presidencia.
No ocurrió igual en todos las revistas y publicaciones y menos en las
páginas de “El Nacional”, diario financiando por el Gobierno Federal de
manera directa. La radio y la televisión, tuvieron un papel
radicalmente distinto, desde los tiempos previos al 6 de julio, fecha
de la elección que se relata. Televisa, del mismo modo que la
televisión del Estado -Canal 13- se declararon abiertamente defensores
del statu quo , alentando entrevistas difamatorias contra la
vida familiar del Gral.Cárdenas y otorgando amplios espacios
publicitarios a la campaña de Carlos Salinas de Gortari, pese a
significativos descensos de los niveles de audiencia, denuncias
argumentadas en los tribunales electorales, frecuente presión de
apertura por algunos medios impresos y manifestaciones públicas de
repudio en las puertas de los centros emisores. La radio nacional
-tanto privada como pública- ejerció con gran impunidad políticas
violatorias al derecho a la información consagrado constitucionalmente,
negando entrevistas a candidatos o intelectuales vinculados con el FDN
y, despidiendo a periodistas que cometieran la equivocación de hacerlo.
Fue el caso del director de Radio Educación, Lic. Héctor Murillo para
resolver conflictos en la XEEP, los despidos de José Segoviano y Carlos
Chablé, director y reportero de Radio Chan Santa Cruz del Sistema
Quintanarroense de Comunicación Social, el cese fulminante de Fernando
Pérez Dávila, director del periódico “El noticiero”, de Toluca, etc.
Otros ejemplos de la intolerancia a la oposición fueron las posiciones
de radios “como una influyente emisora de León, Guanajuato, (que)
canceló el tiempo contratado por el PAN, aduciendo excusas sin
sentido”, repitiéndose la experiencia en ciudades competidas como
Mérida, Chetumal y otras. (García Calderón, 4; 1988).
La
opinión de la contraparte era sofística. El Sindicato Nacional de la
Industria de la Radio y la Televisión, afiliado al corporativismo de la
CTM, señalaba que “Manuel Clohutier pretende que los medios otorguen el
tiempo y el espacio que quiera, cuando quiera y como quiera, incluso
con violencia. Constituye un atentado contra los concesionarios,
permisionarios y trabajadores de los medios” (García Calderón, 7;
ídem). Miguel Alemán Velazco, hijo del primer presidente priísta y
presidente de Televisa, por su parte, se declaró un orgulloso soldado
del PRI argumentando a favor de aumentar en entretenimiento “para el
pueblo de los jodidos” en lugar de llevarles información política.
Respecto de la obligación constitucional de garantizar el derecho a la
información, la empresa abrió de manera desigual pues “había
indicaciones del gobierno de respetar los tiempos oficiales y que se
respondiera proporcionalmente al número de votos que tuvieran los
partidos hace seis años (...) Y como el PRI hace seis años infló la
votación, resulta que tenía el 84% del tiempo”. Además, la
proporcionalidad era un criterio de la empresa (Laguna Berber, 17;
1988).
El resultado palpable se
observó en el quiebre de legitimidad de antiguos periodistas de
Televisa, como Jacobo Zabludovky, en la experimentación de mecanismos
alternativos y barriales de comunicación y en las plazas de las grandes
ciudades que volvieron a ocuparse para exigir el reconocimiento de las
libertades públicas, tentando, acaso, reacciones de violento
autoritarismo como en los años sesenta y setenta. Juan María Alponte,
considerando que la agitación popular podía desembocar en el desorden,
teorizaba: “La sociedad civil no es la calle, sino un espacio histórico
que se explicita en relaciones sociales específicas que afectan,
finalmente, a todos los ámbitos. El congreso circundado por la calle no
refleja siempre fuerzas reales. Hay que tener mucho cuidado en la
elección de las armas en la lucha democrática. Fundamentalmente porque
pueden reeditar la antidemocracia en su peor sentido: en la unanimidad
como veto. (La jornada, 18-08-88, p.20). Los días intensos de agosto y
septiembre culminaron con el reconocimiento al triunfo del Lic. Carlos
Salinas de Gortari, con el 50.74% de la votación, contra el 49.26% de
la oposición, sin que las actas de escrutinio pudieran ser cotejadas y
calificadas y con sospechosos abandonos de diputados electos que
renunciaban a sus partidos para sumarse al triunfo de la modernidad
priísta.
El nuevo gobierno,
profundamente debilitado en el centro de su legitimidad y con asomos de
fractura en la legalidad del sistema, inició desde el día siguiente
acciones contundentes para desmantelar el edificio corporativo del PRI,
como el encarcelamiento del líder petrolero “La Quina Hernández” por
portar armas de grueso calibre, redefinir sus relaciones con el partido
conservador, el PAN, cuyo comportamiento moderado fue premiado
reconociéndole sus triunfos en gubernaturas y ayuntamientos y la tarea
más trascendente de las últimas décadas de gobiernos emanados de la
revolución mexicana: el desmantelamiento del estado benefactor a través
de un intenso programa de privatizaciones y la reordenación estructural
del estado por medio de radicales transformaciones a la Constitución de
1917.
Movido por la crisis del
estado benefactor, la inviabilidad de una economía protegida y las
tendencias financieras e ideológicas que ya mostraban signos de los
procesos de globalización, el presidente Salinas propone un nuevo pacto
social basado en la liberación de los mercados, la privatización de la
mayoría de las empresas públicas -incluyendo la red nacional de
televisión- y el adelgazamiento del aparato estatal. Se abandona la
idea de intervención directa en la corrección de los conflictos de
intereses entre los elementos de la producción, con objeto de velar por
la gran población desprotegida, y se promueve otra en donde el Estado
restringe sus funciones a aquellas que por su naturaleza no pueden ser
realizadas por el mercado, como la administración de la justicia y la
defensa de la soberanía. “El Estado es visto desde esta manera, como
proveedor de reglas que facilitan u obstaculizan el desempeño
económico, social y político de los agentes”. (Valdez Ugalde, 317; 1993)
El
estado patrimonial, que era una de las interpretaciones del
intervencionismo, se traslada al ámbito de las políticas públicas,
abriendo la inversión privada, simplificando la normativa y el régimen
fiscal, especificando el derecho a la propiedad y la libertad para la
determinación de los conflictos de los agentes económicos. La justicia
social se realizaría mediante la creación de bienes públicos en áreas
deficitarias. Algunas de las reformas constitucionales más importantes
fueron: a) el artículo 27 que da por terminado el reparto agrario y
establece derechos legítimos de propiedad a las parcelas ejidales.
Elimina la prohibición a las sociedades mercantiles de tener propiedad
en predios rurales; b)el artículo 28 que obliga a mantener bajo la
exclusividad del Estado solamente las áreas estratégicas,
restableciendo el régimen mixto bancario.
Los
resultados de estas políticas salinistas bautizadas con el nombre de
“liberalismo social” son de muy diversa índole. Se afirma que han
modernizado amplios sectores de la economía que pueden ser competitivos
a escala internacional, como lo demuestra el comportamiento de empresas
dentro del TLC firmado entre México, Estados Unidos y Canadá, a costa
de importantes pérdidas en grupos empresariales medianos y chicos; que
han favorecido la concentración monopólica u oligopólica en sectores
como la telefonía alámbrica y los medios electrónicos de comunicación;
que han sujetado a clases medias y populares a controles de salarios y
tarifas de servicios públicos en detrimento de sus niveles de vida,
contraviniendo la más pura teoría económica liberal que los dejaría
libres en el mercado; que han destinado los ingresos de la venta de
empresas paraestatales fundamentalmente al servicio de la deuda y no a
programas de asistencia social. “Más bien, el panorama económico y
social de la población presenta una configuración que permite suponer
que las brechas de ingreso se profundizarán y la polarización de la
estructura de incentivos y oportunidades conformará una separación de
larga duración entre los sectores dinámicos de la economía y el
conjunto de la nación” (Ugalde, 335; ídem).
La
transición política, tan ansiadamente presentida durante el verano del
88, fue aplazándose una y otra vez, en aras de esperar los resultados
de la modernización económica y el recurso bien ensayado de
abrir-cerrar libertades. Así, mientras los pactos económicos (cúpulas
empresariales, obreras y gubernamentales) sometían a los trabajadores a
salarios tope en contra de sus derechos constitucionales y hasta en
contra de la propia teoría liberal, los descontentos sociales podían
ser canalizados a través del reconocimiento de triunfos electorales,
sobre todo del conservador PAN, cuya alianza con Salinas permitió la
mayoría legislativa para cambios y adecuaciones.
Las
condiciones de la prensa y los medios de comunicación empezaron a
mostrar cambios fundamentales. La prensa experimentó una tensión entre
las prácticas diminuidas del control estatal y las nuevas imposiciones
de las demandas del mercado. El periódico “Reforma”, por ejemplo, nació
con una línea editorial plural y equilibrada más allá de sus vínculos
con cúpulas empresariales o gubernamentales y sostuvo interesantes
conflictos con la red de voceadores del Distrito Federal, quienes de
modo arbitrario defendían la exclusividad del poder de distribución de
periódicos y revistas. Su nuevo comportamiento es un signo de los
tiempos del mercado: seducir a los lectores con un formato moderno y
sin tener en cuenta demasiado los cercos tradicionales que el estado ha
puesto a los periódicos de modo paralegal.
En
este sentido, el gobierno de Salinas propuso a la prensa relaciones
interesantes: persuasión y seducción antes que la mordaza. Si bien es
cierto que una buena parte de las medidas iniciales de su gobierno
fueron espectaculares y gozaron de repercusión pública inmediata -el
encarcelamiento del líder petrolero, la dimisión del líder magisterial,
etc.- otras merecían críticas encontradas pues atentaban contra años de
estado revolucionario. Sin embargo, aguantó la crítica amparado en un
grupo de intelectuales orgánicos y periodistas profesionales como
Octavio Paz, Enrique Krauze, Héctor Aguilar, etc. en medio de polémicos
apoyos y becas a escritores, creadores, y jóvenes periodistas otorgados
por CONACULTA que, en opinión del Dr. Jorge Castañeda, sirvieron como
mecanismo de coptación. Al mismo tiempo, desató una campaña intensa de
relaciones públicas para hacerle ver a sus críticos el clima de
libertades que se gozaba en el país y la justeza de sus decisiones
políticas. Puede testimoniarse esta política, según las declaraciones
de Julio Scherer García, ex-director de Excélsior y director del
semanario “Proceso”.
Aunque el
analista Lic. Ciro González, afirma que durante este sexenio la prensa
sale del control político en busca de la legitimidad de las audiencias,
el manejo de la Dirección General de Comunicación Social de la
presidencia buscó el apoyo de los medios, de muchas maneras, y mantuvo
los viajes mundiales y latinoamericanos cargados de periodistas tanto
nacionales como extranjeros. Contuvo la privatización de la paraestatal
del papel PIPSA ante la oposición de los propios editores. “La venta de
Pipsa, se argumentó, les hubiera elevado los costos de insumos al
eliminar los subsidios implícitos en la gestión estatal” Dabrowsky, 10;
1992)
La política modernizadora de
Salinas requería de una difusión internacional de sus decisiones
gubernamentales, por lo que su presencia se multiplica en publicaciones
como “Newsweek”, “Forbes”, “Los Angeles Times”, “World Street Journal”
y el trato preferencial para corresponsales extranjeros era notable.
En
lo que se refiere a los medios electrónicos, Imevisión, la televisora
nacional del Estado, fue privatizada convirtiéndose en la primera
competidora de Televisa por el mercado de las audiencias, ocasionando
transformaciones en el campo de la producción audiovisual, la situación
legal de los artistas mexicanos y en la parrilla programática de las
estaciones tanto tiempo en movimiento autoreferido. Los inicios de la
competencia generaron informativos diferenciales, con esporádicos
intentos de sentido crítico respecto del poder, que terminaron
sometidos al escándalo que vende a grandes masas seudonoticias del
mundo amarillista o a la defensa de los intereses explicitados por el
gobierno a través de su oficina de comunicación social. La radio, en
cambio, caracterizada por una programación fundamentalmente musical,
fue descubriendo poco a poco el valor de los informativos, como
resultado del terremoto del 85 y la necesidad de participación
ciudadana en procesos de rescate y reconstrucción y el cisma electoral
de 1988. Como consecuencia, se fueron multiplicando los noticieros
radiofónicos como “Monitor”, “Para empezar”, etc.
En
1990, se avivó el debate sobre la censura a partir de un esfuerzo
legislativo del 12 de julio en el que la Cámara de Diputados aprobó
adiciones al Código Penal sobre “delitos sexuales” penalizando la
“fabricación, reproducción o publicación de libros, imágenes u objetos
obscenos”, como mecanismo para evitar el aumento de delitos sobre la
materia. Algunos editorialistas, como Sergio González, afirmaron que
tal aprobación contravenía el derecho del individuo de leer sobre
cualquier tema y que los censores eran los propios diputados desde el
momento en que se apoyan en la noción de “obscenidad, que alude a lo
que quisieran mantener fuera de la vista por sucio, feo
intolerable”(...) Además de la habitual censura televisiva y
cinematográfica, en los últimos meses las autoridades impusieron
límites o cancelaron aspectos que consideraron obscenos (espectáculos
de burlesque y centros nocturnos), o dificultaron la realización de
actos multidudinarios en los que se reúnen jóvenes, algo ya común, y
censuraron anuncios sexuales en revistas y en la vía pública. En
algunos casos, estos hechos se han ventilado en la prensa, pero son los
menos” (González, 10 y11; 1990)
Algunas
de las leyes sobre comunicaciones que se decretaron durante esta
administración fueron: a) La Nueva Ley Federal de Cinematografía
promulgada el 23 de diciembre de 1992. En su artículo 2, garantiza la
libertad inviolable de producir y realizar películas y deja a la
Secretaría de Gobernación la autorización de su exhibición pública en
el territorio mexicano, así como su comercialización, incluidas la
renta o venta, de acuerdo con las clasificaciones que marca el
reglamento. El Artículo 9 sobre la exhibición pública garantiza que “no
deberá ser objeto de mutilación, censura o cortes por parte del
exhibidor, salvo que medie la previa autorización del titular de los
derechos”.
En consonancia con el
TLC, indica una planeación decreciente de cuotas de pantalla a las
películas nacionales de acuerdo con la siguiente tabulación: I. A
partir de la entrada en vigor de esta Ley y hasta el 31 de diciembre de
1993, el 30%; II. Del 1o. de enero al 31 de diciembre de 1994, el 25%;
III. Del 1o. de enero al 31 de diciembre de 1995, el 20%; IV. Del 1o.
de enero al 31 de diciembre de 1996, el 15%; y V. Del 1o. de enero al
31 de diciembre de 1997, el 10%.
En
síntesis, el período presidencial de Carlos Salinas de Gortari
emprendió un amplio programa de reformas modernizadoras en los niveles
constitucionales, económicos, políticos y respecto de sus relaciones
con la prensa. En algunos momentos, se vieron intentos de coacción
informativa y en otras de liberalización, cuyas fuentes generadoras
fueron no solamente el poder ejecutivo sino otros sectores sociales y
el legislativo, como en el caso de las reformas al Código Penal que se
señalan en apartados anteriores. La conclusión tiene saldos favorables
para las libertades de expresión. En opinión del comunicólogo Francisco
Prieto “el gobierno de Carlos Salinas de Gortari no ha hecho otra cosa
sino reconocer que el país cambia, y que si el PRI desea conservar el
poder, o una parte importante de él, como afirma el famoso personaje de
Lampedusa, él mismo debe liderar el cambio” (Prieto, 8; 1992).
El imperio del desorden
1994
marca el final del sexenio salinista. También, el inicio de nuevos
procesos de descomposición social, generados por las políticas
neoliberales y su impacto en pequeños empresarios y clases medias y
bajas; la transición aplazada ante la corrupción y debilitamiento
interno del FDN que se convierte en PRD (Partido de la Revolución
Democrática) y las contradicciones del Partido de Estado en tránsito a
un partido moderno. El nuevo año, anuncia el inicio de una de las
guerrillas postmodernas de América Latina más interesantes y avanzadas
en opinión de Alain Tourrine y Regis Debray, el EZLN, cuyo líder
declara la guerra al Ejército Mexicano y al Presidente Salinas la misma
fecha en que entra en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados
Unidos y Canadá. El nuevo año, termina también en medio de asesinatos
políticos de alto nivel, como el del Lic. José Francisco Ruiz Massieu,
Presidente del PRI y del Lic. Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a
la Presidencia de la República; crímenes relacionados con el
narcotráfico, conflictos internos no aclarados entre el hermano de
Salinas, el Lic. Raúl Salinas de Gortari y grupos políticos. En fin,
nuevas muestras de descomposición del régimen de la revolución mexicana
que tantos años había logrado mantener los conflictos dentro de los
cauces institucionales.
Con estos
antecedentes asume la presidencia -con amplio margen de votos-un
candidato alterno del PRI, el Dr. Ernesto Zedillo Ponce de León, quien
se enfrenta de manera infortunada al manejo de las políticas
financieras debilitadas por el deslizamiento de la cotización del peso
frente del dolar; las presiones psicológicas que en los mercados de
capitales generó la guerrilla que pronto se hizo de una base social
importante, y la estructura fabricada por su antecesor que había
fomentado el desplazamiento de grandes capitales especulativos de gran
movilidad. Los mexicanos padecimos, a partir de estas fechas, la
inestabilidad política y moral generada por la miseria mostrada a
escala nacional e internacional de los indígenas, los controles
estrictos de las variables macroeconómicas y ajustes presupuestales que
disminuyeron el gasto público, los escándalos políticos del
encarcelamiento del hermano del Presidente anterior, Lic. Raúl Salinas
de Gortari acusado de narcotráfico, de malversación de fondos, tráfico
de influencias y asesinar al líder priísta José Francisco Ruiz Massieu;
incluso, Carlos Salinas, después de breve huelga de hambre en protesta
por las supuestas injusticias perpetradas contra su familia se va al
exilio a Irlanda, como otro gran modernizador, el Gral. Porfirio Díaz.
En fin, hablamos de los efectos sociales y políticos de la borrachera
neoliberal del Presidente Salinas.
Las
libertades de prensa y de expresión durante lo que va de la
administración del presidente Ernesto Zedillo navegan en el mar
violento de las contradicciones del control informativo del Estado -o
lo que ha quedado de él- y las necesidades de la lógica del mercado,
sintetizados en una falta de políticas nacionales de comunicación que
puedan terciar entre estas polaridades cada vez menos equidistantes y
las tendencias neoliberales de la desregulación de las industrias del
ramo. Eso es particularmente destacable, sobre todo cuando la
importancia de los medios en la conformación cultural y política de los
ciudadanos ha aumentado dada la desproporción de su influencia respecto
de otros aparatos ideológicos. “En 1998 existen en la República
Mexicana 595 estaciones de televisión divididas entre canales
nacionales, repetidoras, televisoras locales, y televisoras de los
gobiernos estatales. En cuanto a la radio existen 1,332 emisoras en el
país, divididas en 875 estaciones en A.M. y 479 en F.M. En cuanto a los
sistemas de satélites se cuenta con el complejo de satélites Morelos
II, Solidaridad I y Solidaridad II que cubren todo el territorio
mexicano y otras partes del continente americano (El sistema de
satélites Morelos I ya terminó de operar con vida útil). En cuanto a
los medios escritos México cuenta con 400 periódicos de circulación
local y 192 revistas, la mayoría de circulación nacional y de
periodicidad variable. En cuanto a las agencias de información existen
59 agencias de noticias, de las cuales 14 son nacionales y 45
internacionales, con 64 corresponsales extranjeros, 57 de periódicos y
7 de revistas” (Esteinou, Javier: 1999)
La
televisión inaugura el juego de la competencia de los mercados, no
solamente por la dualidad Televisa-Televisión Azteca, sino que también
el auge de los sistemas de cable muestra a los consumidores formas
televisivas no desarrolladas antes en el país. La nota roja, muy poco
desarrollada en México levanta oleadas de audiencia en horas muertas y
también fuerte crítica desde sectores moralizantes de la población; los
noticieros viran de proyectar enfoques informativos a tonos
amarillistas y alarmantes que son bien recibidos en poblaciones
acosadas por la violencia de las grandes ciudades como el DF,
Guadalajara o Monterrey. Jesús Galindo, investigador de la Universidad
de Colima dijera que existe “baja cultura de la información, lo que sí
existe es consumo de medios de comunicación. La televisión es central,
la radio más presente, el periodismo doméstico de chismes y
periodicasos(...) Cultura del espectáculo que sustituye a la fiesta, de
la pasividad que inhibe a la actividad y la iniciativa”.
El
monopolio informativo impuesto por Televisa durante décadas se quiebra
no solo por la existencia de un competidor fuerte, con la que muchas
veces comparte líneas editoriales- sino por la necesidad de recobrar la
credibilidad perdida por tantos años de unión corporativa con el PRI y
los gobiernos emanados de él. Guillermo Ortega, el sucesor de Jacobo
Zabludovsky en el noticiero nocturno de mayor audiencia comenta las
anécdotas de la apertura en Televisa: “ don Emilio Azcárraga Milmo me
llamó a su oficina y me dijo: `Oye, estos cuates sabían cómo hacerle,
pero ahora nos han demostrado que ya no saben. Este es otro país, esta
es otra sociedad y Televisa tiene que ser otra empresa. La oficina que
vas a ocupar ahora, si aceptas, fue la que se encargó de contener, de
limitar, de conducir. Ahora es una oficina que se tiene que ocupar de
abrir y conducir, pero la apertura, no la cerrazón''. (La Jornada, 7 de
junio, 1998).
Esta apertura, en
efecto, ha diseñado sus márgenes con gran elasticidad, pues del mismo
modo como denuncia por medio de imágenes auténticas y de gran fuerza
dramática el asesinato de campesinos en Aguasblancas, Guerrero, o las
condiciones de pobreza extrema en Chiapas y las matanzas de indígenas,
reproduce las líneas editoriales del Gobierno en el caso de los
extranjeros que apoyaban las acciones del EZLN y las tendencias
amarillistas de la otra televisora. Lolita Ayala y Javier Alatorre,
conductores de los informativos de Tv Azteca, por su parte, explotan de
manera permanente el morbo y defienden parcialmente a figuras del
gobierno frente de la rebelión insurgente de Marcos. Aunque los nexos
con los gobernantes han diminuido, la autorregulación editorial los
pone muy cerca de los intereses gubernamentales pese a que han
entendido que son empresas que pertenecen más a la sociedad que al
gobierno.” En las áreas informativas de Televisa, TV Azteca y
Multivisión, reconocen que el régimen de concesiones es una presión
adicional sobre el trabajo informativo, pero coinciden con la
Asociación Mexicana de Derechos Humanos en que, a estas alturas, la
amenaza de cancelación pesa menos sobre sus líneas editoriales”.
(Proceso 1077, 22 de junio de 1997).
La
prensa mexicana también sufre importantes cambios en su propia
identidad. La mayor dependencia financiera con la circulación de sus
ejemplares ha obligado a diseñar nuevas prácticas y enfoques en el
manejo de la información que favorezcan el consumo masivo de los
medios. Así, las cabezas contundentes, mentirosas las más de las veces;
las declaraciones retóricas que pueden hacer voltear la mirada y
estimular la compra del periódico; los articulistas que mezclan opinión
con información reproduciendo rumores, globos sonda, declaraciones off the record ;
la noticia editorializada de modo que pueda generar corrientes de
simpatía y de opinión; los enfrentamientos violentos en las calles de
la ciudad o de los grupos políticos, se han vuelto absolutamente
necesarios. El investigador de medios, Raúl Trejo, ha dicho que
precisamente en estos tiempos en los que la reforma del estado es más
necesaria y su apoyo mediático más importante, la inmadurez del campo
solo ha introducido otras variables de confusión al caos de la vida
política nacional. Esta responsabilidad es compartida con ciertos
sectores políticos que fomentan perversas alianzas con los periodistas
de beneficio doble: medir el impacto de ciertos rumores y
especulaciones en la vida nacional y, por el otro, contar con supuestos
informantes de primera mano que se mueven en las amplias alcobas
palaciegas. (Trejo, Raúl; 1997)
Las libertades públicas en México gozan de un laissez faire
nocivo y desordenado que se defiende tanto desde las políticas públicas
como desde los sectores empresariales. En el Plan Nacional de
Desarrollo 1995-2,000 se “ratifica el inquebrantable compromiso del
Ejecutivo Federal de respetar la libre manifestación de las ideas, la
libertad de escribir y publicar sobre cualquier materia, así como de no
coartar de modo alguno la libertad de imprenta, cuyos límites son el
respeto a la vida privada, a la moral y a la paz pública. El Ejecutivo
Federal considera que pretender normar las garantías individuales sobre
la libertad de expresión entraña más riesgos que beneficios, pero
estará en todo momento atento a las propuestas de la sociedad y el
legislativo(...) El Ejecutivo Federal expresa su compromiso de proponer
y adoptar medidas efectivas para cumplir regular y oportuna y
suficientemente con el derecho a la información. El Gobierno de la
República ofrecerá asiduamente la información económica y social,
generada por el Estado, que permita a la ciudadanía el análisis,
seguimiento y evaluación de las políticas públicas".
No
obstante, pareciera que estos compromisos se cancelaron con una
adjetivación que cambio la calidad del discurso. El 7 de julio de 1996,
en la conmemoración del Día de la Libertad de Prensa, el presidente de
la república convocó a que los medios "medios autorregulen su libertad,
porque no es el poder público el que debe fijar las reglas de ética y
de responsabilidad profesional de los mismos; sino estos los que deben
determinar su autorregulación de cara a los más altos intereses de la
sociedad y en beneficio de su calidad como instrumentos de la opinión
pública. Los medios han ganado su libertad a fuerza de ejercerla. Es
una libertad cuyos límites establece cada editor, cada concesionario,
cada periodista, según sus intereses y según sus convicciones.
Pretender normar la libertad de expresión entraña muchos mas riesgos
que beneficios"
"Estoy esperando
la respuesta", dijo el domingo 25 de agosto ante las cámaras de
Televisa. "Yo creo que el presidente está equivocado", responde Sergio
Sarmiento, vicepresidente de Noticias de Televisión Azteca: "Antes de
pedir censura o autocensura deberíamos estar seguros que estamos
atacando el origen de la enfermedad y no un síntoma". Y anuncia que los
programas se terminarán, por lo menos en la empresa donde trabaja,
cuando los anunciantes se retiren o los altos niveles de audiencia
bajen. No antes.
El publicista
Eulalio Ferrer califica: "Yo creo que el presidente trata el problema
de una manera elemental y restringida". Y aunque califica de "positiva"
la preocupación de Zedillo, explica cómo en un mundo en que los medios
de comunicación se están globalizando "resulta casi imposible normar
sus contenidos". La preocupación presidencial es parte del embate de
algunos sectores contra estos programas que han proliferado
recientemente en México. Al presidente Zedillo se han unido varios
anunciantes encabezados por Roberto Servitje, presidente del Consejo de
Administración de la empresa Bimbo, así como la Unión Nacional de
Padres de Familia (UNPF), que de plano piden que dicha programación se
suprima de las pantallas. (Proceso, 1 de sept, 1996)
La
convocatoria del presidente abolió el papel interventor del estado, del
peso del derecho positivo y las leyes de la materia y también abrió una
puerta que no se ha transitado adecuadamente en el país: la de la ética
informativa y la voluntad mercantil. Entonces, la decisión de promover
programas amarillistas, difundir rumores, mentiras y confusiones,
atentar contra lo ordenado por las antiguas leyes en la materia se
volvió pan de cada día. La fuerza de tales decisiones generó que el
mismo presidente, en un plano personal, y no como hombre de estado,
intentara formar opinión en torno de ciertos valores informativos que
pudieran reorientar la dinámica del mercado: “El presidente Ernesto
Zedillo exigió ayer a los concesionarios de la radio y la televisión en
México dejar atrás ``la obstinación por la violencia'' y que, sin
ignorar problemas, carencias e insuficiencias ni eludir la realidad,
dejen de conferir tantos acentos a la violencia, al grado que ``parecen
querer exaltarla y alentarla''. Además, les pidió no fomentar la
costumbre de ver la violencia como algo normal ni hacer que los niños
se formen o se entretengan con ella. (La Jornada, 18 de octubre de
1997).
Los medios de comunicación
volvían a estar en el centro del debate nacional. Aguilar Camín
subrayaba que “La nueva libertad de nuestros medios es una ocasión de
buenos negocios privados y mala política nacional. No saben dónde dejar
de beber y se propasan frente a nosotros todos los días creyendo que su
borrachera libera a los demás y a ellos mismos, que prueba su madurez y
su independencia. Los medios tienden a volverse los fines de nuestra
incipiente borrachera democrática. Piden a los demás actores de la vida
política del país rigores y profesionalidades que no se exigen a ellos
mismos. Actúan como
los últimos
ciudadanos libres de toda sospecha. Son los últimos depositarios de la
buena conciencia en la crisis general de mala conciencia que es toda
transición democrática. Son el poder más exigente y el que menos se
exige, el que pide todos los días a los demás las cuentas que no se
pide a sí mismo. Así, los medios se van convirtiendo en los fines. Su
buena conciencia acusatoria y demandante sólo puede compararse con la
pobreza profesional de sus acusaciones y denuncias. Y su impunidad es
total, mayor que la de ningún otro de los actores públicos que
arrastran la cobija de su pasado o construyen la ilusión de su futuro
de frente a la borrachera sin contrapesos de esos medios. (Aguilar,
1997)
Otras voces como las de
Fernández Cristtlieb, Gómez Mont, Esteinou y Trejo Delarbre, se alzaron
reclamando la necesidad de asumir de nuevo una política nacional de
comunicación que reconociera los mecanismos de autorregulación
colegiada como los colegios de periodistas y los códigos de ética, sin
que éstos fueran sustitutos de la acción reguladora de la ley,
ridículamente vigente y cancelada por las ideas del propio presidente
de la República. Las diferentes legislaciones mexicanas en la materia,
algunas que han sido analizadas aquí, se mantienen sin grandes cambios
y con poco poder de control sobre las prácticas mediáticas. La
simulación [2],
la aplicación discrecional, el atraso, la sustitución de la posibilidad
reglamentaria y de actualización, son el marco en el que las industrias
privadas tejen conceptos míticos, subjetivos, individuales y muchas
veces perversos y parciales sobre lo que es o debe ser el derecho
constitucionalmente consagrado de la información. México, dice
Esteinou, es "uno de los siete países con el marco jurídico mas
atrasados en materia de comunicación, solo equiparable a Libia, Irak,
Katar, y Cuba; y por debajo de naciones como Paraguay, Colombia y
Guatemala" [3].
En
los últimos años, grupos parlamentarios de oposición (PRD, PAN) han
desarrollado sendas iniciativas de ley que intentan corregir estas
desviaciones sin que hayan logrado sus objetivos. La industria
comercial y su versión mitificada de la libertad de empresa convertida
en libertad de expresión, ha maniobrado públicamente cada vez que se
acercan las fechas de lectura de la iniciativa en las cámaras,
defendiendo la autorregulación, la mano invisible y soberana del
consumidor y atacando lo que consideran intentos fascistas de amordazar
un régimen abierto de libertades.
El regimen de libertades informativas o la censura invisible
El
sistema político mexicano, al igual que la configuración cultural que
le sirve de base, debe entenderse desde la perspectiva de su mestizaje.
Por un lado, sobreviven formas de expresión política que corresponden
al substrato precolonial y, por el otro, se construyen diversas
mixturas teóricas de la modernidad. “El cacique es, a la vez, autoridad
de la sociedad tradicional y miembro, por su cultura política, del
pueblo político y engranaje del Estado moderno; la presencia del
cacique es tanto más indispensable cuanto más grande es la separación
entre ambos mundos”. Como él, numerosas instituciones tienen un
discurso moderno pero desarrollan prácticas metaconstitucionales y
metalegales que permiten su traducción de las elites a las bases
sociales, abismalmente diferenciadas, al decir de Francois Xavier
Guerra, al grado que “son más radicales que las francesas o españolas”
(Guerra;44-45;89).
Los hibridismos
en materia de libertades, se observan en diferentes condiciones
históricas. Una de las constituciones más avanzadas -la mexicana- que
recoge los aportes de la etapa de desarrollo moral del liberalismo, y
garantiza la libertad de palabra y de expresión además de un paquete de
derechos sociales, coexiste con una ley de imprenta abiertamente
coactiva que no ha intentado orientar la interpretación de las únicas
limitantes a dicha libertad, “ los ataques a la vida privada, moral y
paz públicas”. La ley se mantiene vigente y se aplica a individuos que
reparten libelos por las calles y no a los grandes medios de
comunicación. Esto habla, evidentemente, de un poder judicial
debilitado e incapaz de generar jurisprudencia en este sentido y de las
injerencias que el presidencialismo omniprescente ha tenido en los
otros ámbitos de poder de la República.
Este
doble juego de libertad-censura y abrir-cerrar libertades, ha sido una
constante en México, enfatizándose en ocasiones por las presiones más o
menos notorias de sistemas informativos como el de la conducción de
masas y el de exclusión, sobre la forma informativa típica adoptada en
las democracias occidentales: la persuasiva. El período Cardenista, por
ejemplo, mantuvo el juego de la libertad de expresión, apoyándose en un
programa de educación, concientización y agitación social para grupos
obreros, campesinos y trabajadores, del mismo modo como se desarrolló
en la Unión Soviética, la tesis de la prensa y la propaganda
socialista. La diferencia estaba en que no era el único sistema
informativo, ni se ejercía el control irrestricto de los medios, sino
que compartía el protagonismo con prácticas liberales, en un intento de
evitar el potencial destructivo de la lucha de clases pero sin evadir
la responsabilidad moral del estado de intervenir en favor de los
sectores desprotegidos. La apuesta por una democracia basada en la
economía mixta, hacía necesarias también prácticas informativas dobles
que sugirieran la modernización capitalista sin excluir la
ideologización de las masas, como una condición indispensable para su
organización y defensa de intereses.
El
proceso de institucionalización de la revolución, a partir de la
fundación del PRI, acabó con esta etapa de coherencia política con las
tesis del constituyente del 17. El usufructo del control de las masas
sirvió para acelerar el desarrollo capitalista a expensas de las
libertades de expresión y de participación social bajo un discurso
nacionalista. Las leyes no cambiaron. Simplemente, fueron el marco de
numerosas prácticas emanadas del poder ejecutivo, permitidas por un
mercado de las comunicaciones con poca solidez y una población poco
exigente y bien coptada bajo las estructuras corporativas del partido.
El
crecimiento de las clases medias fortalecieron en determinado momento
la trabazón de las clases sociales, catalizando demandas inhibidas y
exigencias de apertura que fueron dándose a cuenta gotas hasta llegar
al perído actual, caracterizado por un laissez faire informativo.
Se
dice que nunca como hoy, los mexicanos gozamos de mayor libertad de
expresión, valga decir, a cambio de las libertades de participación.
Aunque tradicionalmente se relacionan ambas libertades, el
planteamiento actual del neoliberalismo aparenta las primeras para
destruir sistemáticamente las segundas, pues pese a la crisis del
sistema corporativo priísta, algunos de sus mecanismos, como el control
de la CTM (la Confederación de Trabajadores de México) sigue
funcionando en los sectores cupulares, como medida de contención a los
topes salariales y su repercusión en la pauperización de las clases
medias y bajas, tanto como en el logro de las variables macroeconómicas.
Tampoco
ha sido un asunto de las leyes. Con la vigencia actual de la ley de
imprenta de 1917 y de la Ley Federal de Radio y Televisión, los medios
actúan de manera autorregulada en función de la mano invisible del
mercado, asumiendo como decían Jefferson y Madison que es preferible
aguantar los excesos de la libertad de expresión que ponerle trabas y
mecanismos de autocensura. De espaldas a las leyes, y en cierto sentido
como sustitución de éstas, el Presidente Zedillo ha estimulado en
diversos momentos de su gobierno la idea de que la regulación no debe
venir del Estado, sino de los propios organismos colegiados de
periodistas -que tampoco existen- o, en su caso, por los propios
equilibrios demandados por la esfera del consumo. La defensa de las
libertades públicas y en particular del derecho a la información,
consagrada en 1977 en la Constitución Mexicana y que obliga al Estado a
garantizarla, se ha cambiado por una de las grandes falacias del mundo
contemporáneo: las pseudolibertades del consumo.
El
mercado, esa mano invisible que transfiere los derechos del ciudadano
al mero y “soberano” acto de consumir, es quien se encarga de excluir o
incluir contenidos en comunión con los grupos sociales y empresariales
a los que sirve, aumentando aún más su dependencia con las
tecnoestructuras informativas. Esta libertad empresarial -para hacer
más dinero y generar más consensos en torno de los procedimientos para
crear la riqueza y depositarla en manos reducidas- supone que todo
puede ser difundido siempre y cuando sea mayoritariamente consumido. Se
puede, por ejemplo, difundir mensajes escandalosos y amarillistas que
sigan debilitando la imagen del Estado para fortalecer la del mercado;
promover contenidos especializados en la vida íntima, los sentimientos
y las miserias del hombre común; encender la hoguera de las pasiones
xenófobas y nacionalistas siempre y cuando sea necesario para debilitar
la guerrilla zapatista, etc. Lo que no se puede hacer, y no porque
hubiera en todos los casos actitudes de censura directa, es la
discusión de los asuntos públicos desde las posiciones de defensa de
los intereses de clase, romper el aparato de control que inhibe la
participación social y cuestionar de manera definitiva el discurso
neoliberal. No puede hacerse, porque las audiencias, han preferido
entretenerse con las otras basuras. Para muestra basta el raiting.
El
nuevo estado seductor defiende la libertad de expresión, cuando es la
antítesis de la libertad de participación y cuando no descubre los
puntos débiles de la crisis neoliberal y sus inhumanas consecuencias de
miseria y desigualdad social. ¿No es maravillosa esta libertad de
expresión, o de consumo, que encubre la censura invisible del mercado y
hace inecesarias las leyes, los códigos y los manuales de ética? ¿ No
es encantador presentar las nuevas tecnologías como esencia de las
utopías comunicacionales que garantizan el espejismo de la
interactividad, y dejar de lado que funcionan como libertades de
privilegio, cuya condición es la de poseer el dinero suficiente para
entrar a los bancos de datos, INTERNET, televisión restringida, etc?
La
libertad del mercado es la violencia estructural y la censura
invisible. Basa su mentira en considerar que la racionalidad individual
del consumo existe de manera desocializada y deshistorizada como un
gran acto de voluntad, perdiendo de vista que es un reflejo de la
condición estructural por la que vive el individuo. Es decir, que la
ubicación social del sujeto le permite clasificar, escoger, seleccionar
productos o contenidos informativos acordes con sus propias marcas
culturales de clase. Al mismo tiempo que segmenta, generaliza dada la
presión de las grandes industrias culturales de expandir sus mercados.
De ahí, que el escándalo y el amarillismo sean bienvenidos en mercados
transnacionales.El resultado ideológico es el afianzamiento de la
estructura social, sin ningún compromiso moral por parte del Estado.
La
nueva libertad de expresión en México ha disminuido el control del
Estado, la censura gubernamental, los crímenes contra periodistas y
hasta ha facilitado la denuncia de ciertos sectores en contra del
aparato estatal. Por el otro lado, ha favorecido las prácticas
distorcionadores en los canales de la información, aumentando los
“globos sonda”, la información inutil y amarillista y la manipulación
de la información desde las esferas transnacionales de la gran
industria cultural. La gran utopía de Tocqueville sobre la prensa
también ha tenido en el gran pensador la anticipación de sus
contradicciones: a) los hombres se sentirán iguales e independientes,
b) tendrán ideas sencillas sobre todo gracias a la cultura de masas, c)
la igualdad será favorecida por el Estado que acrecentará la debilidad
del individuo, d) aumento de las elites tecnoeconómicas y del poder
central. Y todo esto, en México, coexistiendo con discursos
neoliberales, una constitución que garantiza el derecho a la
información y con leyes restrictivas y reguladoras de la información.
¿Se trata del régimen de pesuasión informativa de las masas o de un
proyecto sistemático de disolución de las colectividades?
NOTAS
[1]
Un estudio más profundo sobre las transformaciones de las elites
políticas, industriales, militares e intelectuales del país, puede
encontrarse en la serie de artículos publicados por Roderic De Camp con
el título “Las elites mexicanas:retrato mínimo” en la Revista mexicana
Vuelta, números 138-142. México, 1988
[2]
Muchas de esas disposiciones no se cumplen y habitualmente, a casi
nadie se le ocurre que deban cumplirse. Padecemos entonces, una doble
simulación. Por un lado, tenemos leyes obsoletas e inoperantes y sin
embargo, temidas. Pero además, son leyes que de cuando en cuando son
desempolvadas con propósitos prohibicionistas. Quienes piensan que la
Ley de Imprenta no es mas que letra muerta, podrían enterarse de que
hace tres años, el trabajador de una Secundaria Técnica en
Tlalnepantla, que además era simpatizante de un grupo radical, fue
inculpado por un juez por violación a la Ley de Imprenta porque, se
decía, tenía "propaganda injuriosa en contra de un gobierno
extranjero". Eso sucedió aquí en México, a mediados de 1995
También
ha ocurrido que a partir de disposiciones administrativas, el gobierno
asuma posiciones de posible censura. El año pasado, la Secretaría de
Gobernación ordenó que los impresos "con temática relativa al sexo"
sean escondidos dentro de los puestos de periódicos. El propósito de
esa medida pareciera ser la limitación a publicaciones pornográficas.
Pero con una formulación tan general, la "temática relativa al sexo"
puede incluir casi a cualquier periódico o revista.
En
el caso de la Radio y la Televisión, las taxativas que la ley pone en
manos del gobierno se aplican poco. Pero siempre pende sobre los
concesionarios la amenaza de suspenderles su derecho a transmitir, si
no aceptan mantener los privilegios discrecionales que suelen pretender
funcionarios y dependencias públicas para la difusión de sus mensajes.
La nota corresponde al texo de Raul Trejo Delarbre titulado “Hablar,
oír y responder”, publicado en la Revista Razón y Palabra. Número 12.
Ref completa en la sección de bibliografía.
[3]
México, entre los siete países con las leyes mas atrasada en materia de
comunicación, El Financiero 24 de abril de 1998. Citado por Javier
Esteinou.
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